Marea Blanca Aragon

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miércoles, 28 de agosto de 2013

“Hace siete meses que estoy tuerta”

El aumento en 2012 un 37% de la espera quirúrgica agrava la salud de los afectados
Una mujer de Barcelona de 67 años vive pendiente de su tercer trasplante de córnea
Antonia Arajol, en su piso de Cornella del Llobregat, en lista de espera desde febrero de 2013 para una operacion de córnea. / Massimiliano Minocri


Más de medio millón de personas (un 1,2% de la población) espera para operarse en España. La cifra era inferior en 120.000 hace un año. Pero el deterioro del sistema no es una cuestión de números. Graves o menos graves, cada uno de esos 571.395 casos es una historia de sufrimiento, que cada uno sobrelleva como puede. A sus 67 años, Antonia Arajol, de Cornellà de Llobregat (Barcelona), lleva desde marzo
esperando su tercer trasplante de córnea. “Hace siete meses que estoy tuerta”, afirma. Bernardo Pons Sintes (63), un paciente menorquín con estenosis de columna, relata sus miedos. “Tengo fatal la espalda. Si se agrava, puedo acabar en silla de ruedas”. Él acaba de ingresar en la lista de espera (lo hizo el 23 de agosto), pero ya la prevé larga. “El médico me dijo: ‘Lo suyo es grave, pero como no hay quirófanos no le podré operar hasta dentro de dos años”, cuenta.
Ninguno de los dos ha llegado a la situación de Luis Canabal Ramón, el hombre de León que murió esperando una operación de una arteria tras nueve meses en lista de espera. Ahora, la oficina del Defensor del Pueblo le ha dado la razón a la familia, que todavía está esperando a que la Junta de Castilla y León les indemnice. “Aunque, por lo menos, sabemos que han tomado medidas para que el caso no se repita”, dice Laura, la hermana de Luis.
En esta situación de desesperación y angustia, poco les consuela que la ministra Ana Mato  refrendara ayer las palabras de personas de su departamento sobre la situación, diciendo que lo peor había pasado y que las cosas “solo podían ir a mejor”. Mato, que no ha comparecido —ni ella ni nadie de su departamento— para explicar estos datos, dijo ayer, en unas declaraciones a vuelapluma en un acto con la Reina, que “las comunidades están haciendo esfuerzos muy importantes” para reducir el problema de las listas de espera. Pero este mensaje bienintencionado —junto a las críticas a que otros Gobiernos hubo semestres que no dieron los datos— no cala ni entre los pacientes ni, lo que es casi peor, entre los profesionales. Estos tienen claro que los recortes en personal están detrás de una situación que solo se iba reconduciendo poco a poco (la demora media solo bajó un 17% en seis años entre 2004 y 2010, en época de bonanza). Así que ahora, con recortes generalizados, no tienen nada claro que la situación vaya a mejorar. Y, mucho menos, a qué ritmo.
Con menos gravedad, pero no exenta de complicaciones, Antonia Arajol ha tenido que aprender a vivir con un solo ojo. El otro debe llevarlo tapado con un parche desde que, hace casi siete meses, su oftalmólogo le dijo que tenía que someterse a un trasplante de córnea. Lo cuenta sentada en una banqueta en el salón de su casa, sin perder el humor. “Igual me dan un trabajo en la ONCE”, bromea. Su ojo derecho sufre queratocono, una enfermedad que altera la forma de la córnea y produce un astigmatismo progresivo. Lo peor para ella es la sensación de ver solo “un cuarto” de la realidad.
“Al principio iba muy insegura por la calle”, cuenta la mujer, que trabajó hasta jubilarse como maestra en la escuela pública. “Ahora voy a todos lados. Si tengo problemas, apoyo la mano contra la pared”, relata. La visión con un solo ojo impide percibir correctamente las tres dimensiones. “Los pacientes no calculan bien la profundidad”, explica Jordi Farrando, oftalmólogo del Hospital de Mataró. Así está Arajol desde febrero, cuando su oftalmólogo —a quien la mujer profesa un gran cariño— en el Hospital de Bellvitge le dijo que había que intervenir. La mujer ya se ha sometido a dos trasplantes de córnea, que su organismo acabó rechazando. Ella no recuerda bien las fechas. “El último fue a finales de los noventa”, ayuda su marido, que aparece brevemente y vuelve a marcharse.
Tras esa visita, Arajol hizo el preoperatorio en marzo e incluso acudió a la consulta del anestesista, el 2 de mayo, y con su médico de nuevo, el día 7. En el papel que le envió el centro para citarla, el hospital le informó del coste de esas dos visitas para el bolsillo público como política para concienciar: 217 euros. El Hospital de Bellvitge confirmó ayer la información pero declinó hacer comentarios. “Si tardan mucho, tendrán que volver a hacerme todas las pruebas”, se queja la mujer.

Los hospitales catalanes trabajan bajo presión. Desde 2010, año en que empezaron los recortes, las listas de espera para las 14 intervenciones cuyo tiempo máximo de espera está garantizado por ley (no puede superar los seis meses) se han disparado. Solo entre diciembre de 2011 y el mismo mes de 2012 aumentaron un 35%, según los datos que publica el Departamento de Salud de la Generalitat. El caso de Arajol no está incluido en esa lista, aunque “el dolor y la pérdida de calidad de vida que implica es superior a unas cataratas, que sí están incluidas”, explica un oftalmólogo de un hospital catalán que prefiere el anonimato.
Arajol intuye que hay casos en espera más graves. “Esto no es de vida o muerte”, afirma. Pero también sabe bien lo incómoda que es la vida de esa forma. No soporta el parche y suele quitárselo. El ojo malo le duele de vez en cuando. Cuando lo lleva al descubierto, solo percibe algo parecido a las sombras, una niebla. “Si sé que estás ahí sentada y me esfuerzo, puedo identificar esa sombra contigo”, ilustra. “El médico me ha dicho que hoy en día la operación es más fácil que cuando me hicieron las otras dos”, cuenta. Las esperanzas de que todo vaya bien son muchas. “Tengo unas ganas locas”, reconoce. Cuando la operen, podrá volver a coser, algo que ahora le es imposible.
Más preocupado se muestra Pons, cuyas vértebras presionan los nervios de su columna. “El médico que tiene que operarme me dijo que mi caso era urgente, pero que daba igual que lo pusiera así en la historia clínica”, cuenta. “Dice que en el hospital Son Espases, en Palma, han cerrado quirófanos, así que, aunque quiera, no podrá operarme hasta dentro de dos años”, añade. “Lo mío es una operación compleja, de toda la mañana, y el hombre no tiene tiempo”, le justifica el paciente.
Fuentes de la gerencia del centro admiten que Traumatología es uno de los servicios con las esperas más largas, pero aseguran que “en ningún caso llega a los dos años”. Esas mismas fuentes afirman que, en caso de gravedad, existe un protocolo para operar antes de 60 días. Aseguran, además, que los 23 quirófanos del hospital volverán a estar a pleno rendimiento después del verano, período en el que, como cada año, han reducido su actividad, informa Manu Menéndez.

Esto no consuela a Pons. “Si empeoro y no me operan, puedo acabar en silla de ruedas”, dice.

Fuente: sociedad.elpais.com

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