Marea Blanca Aragon

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viernes, 28 de febrero de 2014

Ni céntimo, ni sanitario

 

En 2001 se perdió el carácter finalista que tenía la financiación sanitaria. Hasta entonces, el dinero que recibían las comunidades autónomas del Estado para pagar su sanidad sólo podía tener ese fin. A
partir de entonces, ya se pudo destinar estos fondos a otros menesteres. Un año después, en 2002, ocurren dos cosas importantes. Por un lado, reciben las transferencias sanitarias las 10 comunidades que todavía gestionaba el Insalud y, por otro, el Gobierno alumbra el impuesto del mal llamado «céntimo sanitario» con dos tramos: uno estatal, fijo, y otro autonómico, variable. Nace, pues, un impuesto indirecto aparentemente finalista, curiosamente cuando éste ha expirado. ¿Casualidad o causalidad?
Casi todas las comunidades han hecho efectiva la implantación del tramo autonómico durante estos años, pero con tan amplia variabilidad que la diferencia entre repostar en una u otra significaba el ahorro de unos cuantos euros si se llenaba el depósito, especialmente en camiones. A los ciudadanos se nos dijo que un céntimo del precio se destinaría a financiar la sanidad. Es decir, se nos vendió una moto impositiva barnizada de buena intención. ¿Quién podía oponerse a que un centimito de nada del precio de un litro de carburante se destinara a la sanidad? Pero la realidad es que la cantidad podía multiplicarse por siete en el caso de que se aplicaran en su totalidad los dos tramos (72 euros por 1.000 litros). Por lo tanto, no ha sido «un céntimo», sino muchos más. Pero ni céntimo, ni sanitario. Y no ha sido sanitario, no solamente porque se perdiera en 2001 el carácter finalista de la financiación, sino porque ningún informe oficial ha atestiguado -ni la cantidad total ni desglosada por comunidades- lo que ha ido a parar a sanidad de lo recaudado. En definitiva, una transparencia opaca, como de costumbre.
La imposición indirecta no es la mejor manera de redistribuir la riqueza ni de financiar servicios básicos como la sanidad o la educación. Y menos un impuesto nini como el que acaba de declarar ilegal un tribunal europeo. Una sanidad de todos debe financiarse fundamentalmente con la tributación directa, pues son impuestos progresivos en los que pagan más los que más ganan y, por tanto, más justos. Pero para que no cunda el mal ejemplo del «céntimo sanitario», lo mejor sería recuperar el carácter finalista de la financiación sanitaria. Y si se decide una imposición indirecta, se debería elegir mejor. Antes que el carburante, habría que optar, como ya se hace, por el tabaco y el alcohol, pues su consumo incide directamente en el deterioro de la salud. Por cierto, no son los únicos consumos insanos. Habría que considerar la aplicación de tasas o gravámenes a productos ricos en azúcar, grasas saturadas o sal; y la reducción o exención fiscal para alimentos saludables.

 Juan Simó Miñana es médico de familia y autor del blog Salud, Dinero y Atención Primaria.

Fuente: elmundo.es

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